Los anhelos independentistas de una parte importante de los ciudadanos de Catalunya deben cimentarse para cada uno de ellos sobre alguna concepción de lo que es la catalanidad.
Hasta la mismísima sacrosanta Constitución Española reconoce los "hechos diferenciales" de la nación (o nacionalidad) catalana. La cuestión es cual de esos hechos diferenciales son percibidos como esenciales y dignos de ser preservados por quienes abogan por la separación.
Afortunadamente, una historia forjada en la inclusión de primero Fenicios, después Griegos, Romanos, Godos, Francos, Árabes, Aragoneses, Franceses, Extremeños, Andaluces, Murcianos, Marroquíes, Argelinos, Colombianos, Rumanos,... nos aleja de concepciones raciales que sí aparecieron en el conflicto vasco y que tan excluyentes son.
Para mí el mayor valor de dicha catalanidad no es la lengua. Existen dos argumentos fundamentales para esta convicción. El primero es que Catalán, Mallorquín y Valenciano, variedades dialectales de una misma lengua no conformán un sentimiento nacional único . Y la segunda, la realidad de una catalanidad no catalano parlante. Personas mucho más preparadas que yo han discutido ya bastante si era o no literatura catalana la que se hace en Catalunya en castellano.
Es para mi el mayor signo de identidad de Catalunya su realidad como Clúster de emprendeduría, industriosidad y vanguardismo cultural. Creo que es especialmente el derecho civil quien sentó las bases para que éste clúster fuera posible, pero ha sido la capacidad de absorción de la inmigración, y eso es una cualidad de las gentes, la que ha permitido preservar la supervivencia del clúster.
Tambíén ha sido un signo identitario la muy poca identificación de las sociedades catalanas con las altas labores de estado. Que el General Prim haya sido el único primer ministro de España catalán en 144 años puede ser presentado por algunos eruditos como una prueba de la "España contra Catalunya" pero yo más bien lo veo como prueba de esta desafección por tales labores. Podríamos hablar de la poca afición a las carreras militares, notariales, diplomáticas y de otros ambitos la alta función pública.
Hoy, inmersos en esta enorme crisis resulta más cómodo achacar la culpa a los demás que reconocer que mientras nos dejaban hacer lo que nos gusta nos inhibimos de actuar e influir en el estado y desde el estado.
Es para mi un deber seguir defendiendo mi idea de Catalunya como cluster motor de progreso y riqueza pero ¿se puede conseguir este objetivo desde una actitud fractaria que como he explicado ataca las propias raíces de esta catalanidad?
Es posible que el estado actual de las cosas, y no sólo entre España y Catalunya, sino por la propia Globalización y la standarización legislativa y cultural que ella comporta (con el empuje de las tecnologías de la información) hagan aconsejable la lucha por un estado catalán propio pero innecesario hacerlo marcando a España como enemiga y porsupuesto imposible de alcanzar sin un cambio de paradigma. No hi ha negoci si no hi ha qui treballi amb mires d'alt servei a l'estat.
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